Haría de tu ausencia una religión,
desear que sea domingo para ir a rezarte
y verme colgado en tu cruz.
La sede de lo muerto, amigo y enemigo,
no sé que serías tú para mí,
si el sufrir no cesa y las caricias me persiguen
en noches frías maldiciendo que tú eres mi único calor.
Intentando matar el tiempo para volver
a ver esos ojos, pues tus labios hablan menos
cada vez que me encuentro ante ti.
El punto de partida no es si no el final,
finalmente, el punto de partida de algo nuevo.