10 de enero de 2017

El restaurante de la vida

Una risa sarcástica sonó en mi cerebro, nada más llegar supuse lo evidente, no era el primero.
Los rasgos de lo que acontecía lo hacían más probable, la cena ya estaba servida y yo era el
segundo plato. Pero era un segundo plato equivocado, no encajaba en el menú, puede que incluso fuera de otro cliente.

Aunque... ¿Qué iba a hacer yo? Era la comida, no el comensal.

Entonces, cogió un trozo de mí y ya empezaron los problemas. Me gusta el plato, dijo.
¡Pero no es el mío!, volvió a reafirmar exigiendo el cambio.

Lo triste fue, que nadie más se quejó en el restaurante y todos menos mi comensal
se terminaron el plato que ya habían empezado.